El talento olvidado de Alfonso Santisteban

Icono pop del sensacionalismo patrio de televisión y mesa camilla: una caricatura que ocultó la trascendencia de un compositor elegante, maestro del lounge

 

DAVID ESTANCOUSQUI

Si uno atiende a la biografía de Alfonso Santisteban (Madrid, 1943; Málaga, 2013), puede deducir que fue un tipo que brilló por los contrastes: compositor, arreglista y productor, se hizo un nombre durante los años 70 como escritor de partituras de encargo para sintonías de programas de televisión (Aplauso o Bla, bla, bla), series (La Barraca, Cañas y Barro) o bandas sonoras de películas de dudoso pelaje (Separación matrimonial, El padrino y sus ahijadas) que le sirvieron para tener éxito y una lustrosa cuenta bancaria. Coetáneo de compositores como Augusto Algueró, Antonio García Abril o Juan Carlos Calderón, Santisteban tuvo claro desde el principio de su carrera que para sobrevivir en el negocio y poder comer, debía dedicar su genio a esas composiciones menores.

Fueron esas partituras y sus flirteos con la prensa amarilla a finales de los noventa quienes le convirtieron en un icono pop del sensacionalismo patrio de televisión y mesa camilla: una caricatura que ocultó la trascendencia de un compositor elegante, maestro del lounge e introductor en nuestro país de las tendencias que se practicaban en los clubes de la costa Este de la incipiente Norteamérica multicultural.

De esta contradicción creativa, Adarce Records rescata ahora su faceta más vanguardista con la reedición de Spanish Moog, publicado por primera vez en 1975 por C.A.M. (Creazioni Artichesche Musicali), aunque las composiciones datan de finales de los sesenta. Estamos hablando de una obra de ingeniería adelantada a su tiempo, que se sostiene sobre un discurso propio y que se expresa a través de un sonido particular, de una sensibilidad que atrapa, y en la que Santisteban vuelca toda su iconografía, desde la grandilocuencia de la canción española hasta el conocimiento profundo de las novedades técnicas y sonoras de su tiempo.

Spanish Moog se presenta con estética setentera y destaca por la presencia constante del sintetizador modular moog, un cachivache creado por el inventor estadounidense Robert Moog a comienzos de los sesenta capaz de generar infinidad de sonidos. Santisteban, avezado conocedor de las novedades artísticas y técnicas de su época, fue pionero en España en el uso de este sintetizador del que se vale a lo largo de todo este trabajo como si fuese una verdadera orquesta, creando grooves de palpitar funk sobre los que evoca paisajes psicodélicos ensamblando con delicadeza y naturalidad la guitarra eléctrica, el órgano o el clavicémbalo.

Los títulos de las piezas reflejan el contraste entre los patrones rítmicos foráneos propiciados por el moog y la tradición española. Así, en Zorongo y Gitanos Santisteban demuestra su olfato para las tendencias e introduce el jazz y el funk en sonidos típicamente españoles como el pasodoble, la copla y la rumba, anticipándose a la moda del mestizaje entre los ritmos anglos y las músicas de raíz española que coparían la banda sonora de los últimos años de la década de los setenta: contextualicemos: la propuesta sonora de Santiesteban es anterior al Fuente y Caudal (Fonogram, 1973) de Paco de Lucía y al Gipsy Rock (CBS, 1974) de Las Grecas, las dos obras que confluirían años después  en La Leyenda del Tiempo de Camarón (PolyGram, 1979).

En Jugando al toro el pasodoble se estiliza y llora como si fuese acariciado por una pedal Steel; Noche en Marbella y Torremolinos Soul pretenden una iconografía de ritmos French Conection que se funden con el folklore español interpretado en el Villaverde madrileño de finales de los sesenta y Nuestro ayer es una pieza de un gusto exquisito, en la que la bossa nova muestra el predominio dinámico del jazz latino que ya estaban practicando las bandas de Tito Puente o Willie Colón y que a finales de los sesenta llenaban los clubes de Nueva York.

El disco concluye con Todo ha sido un sueño, un título premonitorio y sintomático de lo que fue la vida de Alfonso Santisteban y de esa contradicción personal que le supuso elegir entre lo popular y lo elevado en un tiempo en que aún se distinguía entre baja y alta cultura. Se intuye que Santisteban podría haber sobrevivido como un creador maldito, pero, eso sí, con una economía de supervivencia.

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