Sílvia Pérez Cruz: Un espejo en el que mirarse

La figura de Sílvia Pérez Cruz es imprescindible en nuestro panorama musical, además de ser un enriquecedor ejemplo para las generaciones venideras

 

TONI CASTARNADO

Cuando haces una tarea, sea cual sea, casi siempre te fijas en otro que ya ha logrado metas que ni tú imaginas. Es decir, es importante la presencia de un referente (o varios) e imitar lo que hacen, tener una mirada cómplice y jugar a parecerse (al menos un poco) a quien admiras. Puede ser divertido, instructivo. Y en casi todos los ámbitos, hay figuras que responden a ese perfil, ídolos, héroes, e incluso algún villano, que provocan una acción inmediata; chutar por primera vez un balón, ponerte unos patines y perder el miedo a caerte, o por ejemplo, tocar el piano, una guitarra.

Recuerdo que la primera vez que hablé con Christina Rosenvinge me comentó precisamente esto: “A menudo a las chicas en la música les faltan referentes, un espejo en el cual mirarse”. Desde que la Tierra da vueltas ha habido ejemplos, la diferencia radica en la visibilidad. No obstante, justo en este momento en el que cada vez se habla más de cuotas, de porcentajes, de letra grande o pequeña, con exposiciones y reivindicaciones por doquier, que una mujer pueda dominar el mundo ya no suena tan extraño. Y que haya alguien que sin quererlo, sin buscarlo, haga girar la rueda dejando a un lado prejuicios y etiquetas tampoco.

En lo que llevamos de década en este país, ha habido una mujer que ha puesto de acuerdo a casi todos, con la clara intención de tender puentes y crear con libertad, con un propósito simple: convencer a los descreídos. Cuando hace unas semanas, Sílvia Pérez Cruz apareció como invitada en el concierto de Natalia Lafourcade en Barcelona, no pude reprimirme, cogí el móvil y apunté esto en redes sociales: “Silvia es la artista más grande que hay en este país”. En realidad, no suelo soltar cosas así porque esas sentencias las carga el diablo, pero aquella noche no aguanté. Tiré el dardo. Hubo aprobación ante el comentario y sólo dos notas ajenas: ¿más grande que Martirio? Y otra que me aconsejaba que descubriera el talento de Nina Martirio, quien comparte con Pérez Cruz que no se casan con estilos ni tendencias. Intentar describir lo qué hacen es como darse de cabezazos contra la pared, definitivamente no tiene sentido.

La música es un puzle con un millón de piezas y lo único que hay que hacer es encajarlas. Raúl Rodríguez, a quien entrevisté hace poco, hacía esta reflexión. “La lucha por la libertad es muy difícil, muy dura. En cualquier campo, ya sea sindical o político. Eso nunca está a favor de corriente, nunca la patrocinan. Es una lucha a la que las subvenciones siempre llegan tarde. Al final, es muy fácil desistir, de hecho la mayoría acaban renunciando. Nosotros todavía tenemos la posibilidad de hacerlo a través de la música, lo cual no deja de ser una suerte. Pero eso lleva una responsabilidad. Y eso yo lo tengo muy interiorizado por lo que he visto hacer a mi madre. Para hacer lo que se ama, hay que amar lo que se hace”.

Ellas representan a ese espíritu libre, miran de reojo a las modas pero porque son presas de su inquietud y de la curiosidad y solamente se dejan llevar por su olfato. En la casa en la que hay un mejor guiso, a ellas las invitan para probarlo y dar conformidad. Y si son manos artesanas las que cocinan mejor aún, más sabor y consistencia. Cuando en 2012 la cantante nacida en Palafrugell (Girona) debutó por su cuenta con 11 de Novembre tras estar rondando por varios proyectos (en Las Migas o junto a Javier Colina), surgió como un meteorito que iba en muchas direcciones. Era misteriosa y poética. Cantaba en varios idiomas (del castellano al catalán pasando por el portugués y el francés, y guiños al inglés y al alemán), con la naturalidad del quien lo hace porque le apetece y no para que le aplaudan. Pero nunca como objetivo principal. Eso sí, ella no desmiente lo evidente: la presión existe porque hay responsabilidad. “Hasta llegar al punto de improvisar pasas por muchas etapas y a veces tienes que saltarte pasos. La esencia de improvisar es natural, nadie te obliga”, decía tras publicar su última obra. Por esa razón, para Sílvia (y para cualquiera) lo básico es rodearse de gente que la haga sentir cómoda: con Refree para poner el lazo al mágico Granada (cantaba el Hymne a l´Amour y alababa la conexión entre Cohen y Morente), con un quinteto de cuerdas en el delicioso Vestida de nit (nunca antes La Lambada sonó tan bella) o con la percha de una película representada en Domus y el éxito reivindicativo de No hay tanto pan. Y todo ello con un denominador común, con un punto de partida: las canciones con las que se va encontrado. Unas se quedan y otras se van, esperando a otra oportunidad.

No obstante, la pregunta es la siguiente, ¿cómo suena la música de Sílvia Pérez Cruz? ¿Es flamenco? ¿Es jazz? ¿Es world music? ¿Es canción de autor? ¿Es pop? Tanto da. Es música y es buena, muy buena. Lo que sí es cierto es que tras ella han llegado más mujeres jóvenes que, en un grado u otro, se han inspirado por su manera de actuar y desarrollarse. También por su empatía. Y han atisbado la posibilidad de entrar en el circuito con una propuesta autónoma, verdadera. Aunque lo que de verdad importa, es que las chicas de las que hablaba Rosenvinge tengan sus amuletos. Ese es el camino. Como otras tuvieron en su día a Billie Holiday, a Aretha Franklin, a Cecilia, a Patti Smith, a Carmen Linares, a Madonna, a Beyoncé o a Amy Winehouse, puede que en un futuro tengan a Sílvia Pérez Cruz o a similares.

 

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