Leon Bridges cambia de traje con 'Good Thing'

El cantante texano rompe con las expectativas y apuesta por un sonido más moderno en su segundo álbum, Good Thing

 

MARÍA F. CANET

Leon Bridges (Texas, 1989) ha soltado el elegante traje de galán de la Motown, para cambiarlo por unos vaqueros anchos y cadenas de oro.  Con su voz aterciopelada y las orquestadas melodías herederas del soul de los sesenta, su primer álbum Coming Home (2015) le valió el título de “Sam Cooke del S. XXI”,  volviendo a despertar el interés por un género que parecía enterrado tras el inesperado fallecimiento de Amy Winehouse. Pero con la publicación de su segundo trabajo discográfico Good Thing (Columbia Records, 2018), Bridges parece haber liberado su alma nostálgica para apostar por los sonidos más actuales. 

Producido por Ricky Reed (Jason Derulo, Maroon 5), el sonido de Good Thing deja de lado la impronta analógica de su predecesor para adentrarse en la electrónica y en los ritmos callejeros que encabezan las listas de ventas en 2018. ‘Be ain’t worth the hand’, la canción con la que arranca el disco indica que el cuento ha cambiado: un arpa de ensueño, una sección de cuerdas de reminiscencia setentera y un sorprendente Bridges cantando en falsete. La apuesta por los setenta se mantiene firme en temas de corte funky como ‘Bad bad news’, donde brillan vientos, violines y un pegadizo groove de batería. Sin embargo, los guiños a ritmos callejeros como el R&B, el rap y el hip-hop empiezan a asomarse, algo que se confirma en ‘Shy’ o ‘Forgive You’, que bien podrían pasar por el último éxito de Usher o Jason Derulo.

La relación de Bridges con la electrónica no se limita a un simple coqueteo. La mayor sorpresa del LP llega con ‘If it feels good (then it must be)’ y ‘You don’t know’, dos bazas arriesgadas que el de Texas juega con los dados del dance electrónico a la vez que experimenta con su registro vocal, alejándose a pasos agigantados del cantante melódico que se presentó al mundo hace tres años. No resulta desorbitado pensar que podría convertirse en el nuevo ídolo de los jóvenes que pisan las discotecas las noches de sábado.

En la parte final del disco, parece querer mostrar que algo queda del Leon de Coming Home, con las elegantes guitarras retro de ‘Mrs.’, una balada con explícitas insinuaciones sexuales que recuerdan al mejor Marvin Gaye. La autobiográfica ‘Georgia to Texas’ -donde predominan piano, saxo y batería- huele a jazz, creando un aura idónea para sincerarse: “I learned in school I didn’t measure up / I felt short of what true blackness was”.

Si bien se esperaba de él que siguiese orbitando alrededor del soul clásico, Bridges advierte en ‘Lions’: “I’m not going to be the man you want me to be”. El cantante texano parece haberse cansado de ser señalado como la reencarnación de Sam Cooke u Otis Redding; contra todo pronóstico ha cambiado de traje. Leon Bridges ha pasado de ser un veinteañero con nostalgia de los sesenta, a un hombre, que, a las puertas de los treinta, parece querer experimentar con los sonidos actuales. No obstante, este ambicioso y sorprendente cambio parece carecer de una dirección fija; abraza la electrónica sin querer desprenderse de la herencia de los sesenta y setenta. Pero estar en dos sitios a la vez es complicado. Entre el pasado y el presente, queda esperar que la esencia de Leon Bridges no se vea ocultada tras un nuevo traje.

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